Artículos Destacados

martes, junio 08, 2010

Una hora en el diario menos leído de Chile

La Nación es una bolsa de papas fritas de difícil cocción. Desde que fue tomada por Carlos Ibáñez del Campo −y luego instrumentalizada por Pinochet y luego por la Concertación− terminó convertida en una excéntrica nave que, pese a todo, siempre ha logrado flotar. ¿Por qué si nadie la lee? ¿Por qué si es tan fome? ¿Por qué si no tiene glam? Es lo que nos preguntamos y fuimos a investigar. De incógnito. Una tarde. En verdad unos minutos antes de que nos sacara seguridad.

No debiera estar aquí. Pero estoy. No puedo salir. No puedo entrar. Estoy encerrado en un baño de La Nación y me siento como Steven Segal, pelado y con sobrepeso, segundos antes de la gran explosión. ¿La venta final?

He entrado, claro, a la mala. Sin identificación, sin pedir hablar con nadie; colado entre unos estudiantes que van para no sé dónde, a no sé qué. Son ellos los que tienen una tarjeta electrónica touch que permite pasar de un piso a otro en este insólito periódico donde la seguridad es, a fin de cuentas, tan mala como su periodismo. Y eso, sorry, es objetivo. Sino, ¿cómo entender que uno esté aquí?

Alguien tira la cadena. Salgo. Logro entrar a la sala de redacción, bien instalada en la planta libre de un edificio que no será la Torre Bouchard (de La Nación, Argentina); pero sí una emblemática construcción −con señorial aire Art Nouveau− en el corazón del Barrio Cívico de Santiago; el lugar donde arquitectos como Smith Solar, Smith Miller, Aránguiz y Muñoz, siguiendo los lineamientos de Karl Bunner, dejaron su impronta en una capital que aspiraba a ser tan moderna como informada, eso poco antes de que en Chile se hiciera sentir la gran crisis mundial. Tuvo mala suerte La Nación: desde un principio las cosas no anduvieron nada de bien.

Ya lo dije: estoy en el tercer piso. El último que ocupa el diario. No hay más. Es el techo del periódico. Arriba está la Dirección del Trabajo. Aquí abajo crónica, política, diseño, La Nación Domingo. Poco más allá, un largo pasillo, con vista a un vertiginoso hall, conduce a ventas, a la gerencia, a la dirección y a una pequeña oficina donde funciona La Nación on line: el exitoso emprendimiento web que, en los últimos meses, ha sacado a La Nación del fastidio y letargo de siempre.

Es media tarde e intento ser un periodista invisible entre tanto periodista invisible. Y por favor: no lo tomen a mal. No se trata de insultar a nadie, menos a esforzados colegas, padres de familia, probablemente igual de endeudados y estresados que uno, pero lo cierto es que hasta El Ovallino tiene más lectura, más tiraje, más impacto que La Nación; ayer y hoy un diario que, de lunes a viernes, no vende más de mil, con suerte dos mil ejemplares. Otra cosa es los domingos Ahí llegan a 20 mil. Quizás más. Nada, en todo caso, para un diario de circulación nacional, con una planilla de sueldos mensual de al menos 120 millones de pesos. Y, hasta donde entiendo, más de 50 trabajadores.

La situación es conocida: en el republicano edificio de calle Agustinas está el centro logístico de Empresa Periodística La Nación, la sociedad anónima que maneja al menos tres grandes buques: el diario homónimo, el Diario Oficial y la imprenta Puerto Madero; este último un negocio en veloz expansión. Y donde, entre otras cosas, se sigue imprimiendo The Clinic.

De todos, claro, el más rentable es el Diario Oficial; una regalía gubernamental que ya pronto podría cambiar, pues fue presentado un proyecto de ley que permitiría que el Diario Oficial, finalmente, sólo esté en internet. Y, por qué no, quizás finalmente alguien lo lea.

La cosa es así: mientras el Diario Oficial reporta una ganancia anual de al menos 4.500 millones de pesos, La Nación diario pierde 2.500. Con todo, La Nación es un diario que mantiene buenos sueldos de mercado y un staff similar al que tendría un diario de alto tiraje, buenas ventas y mucha publicidad. Claramente no el caso de este emblemático medio en constante precariedad, un diario que no sale los sábados y que, sí ha ganado lectoría en el último tiempo, es gracias a que lo regalan en algunos restorancitos del centro.

Es media tarde y, en el epicentro del diario menos influyente de Chile, todo es lento, termal. La Nación por dentro es como la oficina de ventas del Parque del Recuerdo. Aquí no hay nervio, no hay acción. Quizás tampoco aire a juzgar por el lastimoso estado de una palmera muerta, reseca, mal plantada cerca de una pantalla en la que alguien juega al solitario. Un metro más allá un señor revisa autos. Y, más acá, una señorita ve ofertas de resorts en el extranjero.
No sé: es la primera vez que estoy en La Nación y, quizás, he llegado justo para la Semana de Aniversario La Nación. Es lo que pienso cuando me acerco a una sala en la que, imagino, más de 20 personas discuten cuántas alianzas habrá este año. Pero no es eso, tampoco una pauta, sí una asamblea. Una reunión sindical para planear una marcha. Claro: hay negociación colectiva. Y el aire está enrarecido porque, además, está por verse qué hará el nuevo gobierno con el lastre-periódico.

−Compañeros: vamos a tener que actuar. Vamos a tener que comunicarnos con todos los medios independientes de este país. Incluso con los más chicos −dice el compañero líder, como si no supiera que el diario en el que trabaja es, justamente, el medio con menos tiraje de Chile. O casi.

Hay ambiente de Guerra Fría en La Nación. Y, la verdad, no es difícil sentirse un espía sin nada qué espiar.

−Disculpa, ¿buscas a alguien? −pregunta un señor que ha salido de pronto de la asamblea.
Invento un nombre: Gonzalo León, la única persona a quien leo en La Nación. Antes también leía a Copano, pero Copano se fue. Y, después me entero, León no está. Pero, amablemente, me dan su celular. Finjo llamar. No sé para qué. Quizás para hablar un poco de la historia de La Nación. Todo eso que está en Google. En Internet.

Se sabe: La Nación fue fundada a principios del siglo XX por el abogado y político liberal Eliodoro Yáñez; quien la creó para competir con los grandes diarios que entonces se consolidaban en la metrópolis. Sin embargo, a poco andar llegó la crisis y, aprisionada por sus deudas, Carlos Ibáñez del Campo la hizo su botín para desde sus páginas pontificar las duras líneas de su autoritario gobierno.

Bastó un espolonazo para abollar para siempre el casco de La Nación. Desde entonces la historia se repite, una y otra vez, en este diario que, por knock out, perdió su primer combate en el primer asalto. Y, por lo mismo, de ahí en delante de poco y nada le sirvió haber sido el diario de los progresistas de la época. Y que en ella hayan escrito desde Luis Emilio Recabaren, hasta Alone, pasando por el incorruptible Joaquín Edwards Bello.

Todo lo que pasó después está magníficamente resumido, investigado y documentado en el artículo que escribió sobre La Nación la periodista Alejandra Matus, en tres entregas, en el diario electrónico El Mostrador.

Difícil de comprender en una primera, segunda y tercera lectura, por la complejidad de todo lo que ahí se explica y resume (habría que ser abogado o alguien de mucho rigor, como Alejandra Matus, para entender), lo concreto es que tras el golpe militar el diario pasó a llamarse La Patria, luego El Cronista. Y no fue sino hasta bien instalada la dictadura que el periódico recuperó su original nombre: también un engorroso lío legal que, por ejemplo, tenía a un vendedor de papel como uno de los principales herederos de las famosas acciones preferentes de La Nación.

En la crónica de Matus sobran delirantes detalles, entre ellos el día en que un piquete de censores debió retirar de los quioscos el diario debido a que Pinochet aparecía saludando con su mano izquierda. También se mencionan las reuniones en las que participó Sergio Rillón, el hermano gemelo del actor-príncipe del absurdo, uno de los hombres que estuvo en el directorio cuando, por fin, el gobierno logró comprar el gran paquete de acciones en manos de particulares; eso no en una notaría sino que ahí mismo, en el diario. Y sin que los vendedores pudieran llevarse una copia de lo pactado.

Cíclicamente, todo ha sido raro, trucho, oscuro, en La Nación.

Es sabido: durante la dictadura La Nación fue el órgano oficial de Pinochet y, para entonces, una Nación populista regalaba libros, publicaba los resultados de la PAA e incluso imprimía las cartillas de la Polla Gol. También editaba Triunfo, el suplemento deportivo donde debutaría Aldo Shciapacasse. Sin embargo, pese a todas sus prerrogativas (y según lo aclara el artículo de Matus) Pinochet quería vender La Nación vía Corfo, dejando el Diario Oficial como prerrogativa de la imprenta del Instituto Geográfico Militar; eso aún cuando, en el improvisado comedor vecino al casino, ahí no pocas veces almorzaban líderes del régimen como Jaime Guzmán y Francisco Javier Cuadra.

Pese a ello −y según señala la investigación de Alejandra Matus− la operación jamás se realizó porque dos sindicalistas del diario lograron dividir a la Junta Militar poco antes de que fuera votada la medida. A Matthei, por ejemplo, no le gustó que las ganancias que generaba el Diario Oficial, equivalentes a toda la publicidad de El Mercurio en un año, quedaran como exclusividad del Ejército.

El problema, entonces, quedaría para la Concertación. Y ahí todo lo que pasó no es menos engorroso y oscuro. Pero, como resumen (y diablos que cuesta hacer un resumen), hay que saber que para entonces un importante paquete accionario estaba en manos de Radio Nacional: emisora que, durante el gobierno de Aylwin, tenía como presidente del directorio a Eugenio Tironi, el hombre que en sincronía con Enrique Correa acepta su venta por una ridícula suma (12 millones por 11.440 acciones, se estima que 27 menos que su valor real) a un trío liderado por el abogado y empresario Enrique Alcalde.

Nacía Colliguay, una sociedad que pese a poseer sólo el 30% (el resto era del fisco) pasó a controlar en la práctica lo que hasta hoy se hace y no se hace en el diario. Con tanta astucia como política, el grupo fue capaz de modificar estatutos y, pese a la oposición de la Contraloría, crear Puerto Madero S.A.; la empresa independiente que hoy imprime La Nación, el Diario Oficial y muchas otras publicaciones. El grupo también fue capaz de asegurar la preferencia de sus acciones hasta el año 2042.

Sigo deambulando por el diario. Llama la atención ver, aquí y allá, las fotos de los integrantes de un equipo creado para las evacuaciones.

Claro; en La Nación nunca se sabe. También resulta curioso, en la sala de prensa, ver un diario mural que destaca por sus grandes y festivas letras tipo cumpleaños infantil.

No hay duda. Hay ambiente de equipo aquí. Y, a poco andar, me entero que pese a la desazón, en La Nación la gente sí que trabaja. Y son especialmente críticos de lo que hacen. En La Nación gustan de las pautas largas. En La Nación dicen que trabajan con seriedad, que no cometen graves errores como en otros diarios grandes e influyentes. Y que, como todo se hace prácticamente a pulso, es vital aquí ser proactivo: o asegurarse de que esté la foto, el diseño, que no haya errores, que todo esté bien.

Dirige todo Francisco Feres: el verdadero hombre fuerte de La Nación. El hombre que, por años, ha estado a cargo de la Gerencia General.

Los directores, en cambio, van y vienen. Es lo que pienso mientras recorro los pasillos en los que, alguna vez, un ingenuo (y joven) Alberto Luengo pensó que La Nación sí podía ser un diario independiente, con voz y principios. Pero no fue así y Luengo, que había apoyado al equipo de La Nación Domingo que tantas ronchas sacó, fue obligado a renunciar en agosto del 2004.

La Nación da para novela. Probablemente para una mala, pero para novela. Es lo que pienso cuando vuelvo al baño a pensar cómo salir. Quizás lo que alguna vez también pensó Rodrigo Fernández de Castro, cuando fue sacado de las RR.PP. del MIM, en el gobierno de Michelle Bachelet, para hacerse cargo interinamente de un diario que, otra vez −y ahora con el sello de Marcelo Castillo− nuevamente terminó transformándose en un pasquín de gobierno que no dudaba en mandar mensajes a los legisladores en sus portadas. Tampoco en mentir sobre el accionar de la entonces oposición.

La Nación, La Nación: alguna vez estuvo Pedro Lemebel. Hoy está Fidel Oyarzo. Ya no está Pablo Azócar y la pobreza en Chile. No estará Mirko Macari, quien hoy se defiende de su impugnación, alegando que él nunca escribió del caso Gemita Bueno en La Nación. Y tampoco lo hizo en Plan B; diario en el que sólo fue socio de papel. Sí, reconoce Macari, es responsable −junto al equipo del Mostrador− de haber vinculado al recién designado intendente del Bío Bío con Colonia Dignidad. La verdadera razón, según él, por la cual le habrían tirado la cadena.

Sea como sea: el estilo La Nación arrasó también con Macari; uno de sus viejos conocidos.
Macari se había juntado con Platovoski en el Starbucks de Pedro de Valdivia. Hablaron. Macari le resumió algunas ideas que siempre había tenido para refundar La Nación: transformarlo en un diario gratuito de martes a viernes. El lunes un periódico de deportes, el domingo uno de cultura. O sea, un diario no de interés público sino de público interés. Chanfle.

Platovsky asintió. Le dijo que lo iba a conversar con el Presidente y lo llamaría. Lo hizo. Mirko no alcanzó a asumir. La máquina de La Nación otra vez, tal como lo ha hecho en los últimos ¿cien años?, nuevamente se había echado a andar.

¿Qué haría yo con La Nación?, pienso mientras me seco la cara frente al espejo.

Un diario gratuito para la Tercera Edad.

Un diario gratuito para emprendedores.

Un diario gratuito que informe sobre el pulso de los puticlubles del centro; esos donde −dicen− tantas veces se definió la pauta del diario.

Es lo que pienso, nervioso, mientras escucho pasos. Cresta. Siento que ya vienen por mí.
Logro salir.

−¿Usted tiene identificación? ¿Usted qué hace aquí? ¿A quién busca? −pregunta indignado un guardia, tipo guardia de banco (después de todo La Nación es un pequeño tesoro) ya a menos de un metro de la salida.

−Busco a Gonzalo León –miento. Y corro. A la libertad. A la ciudad.

A lo lejos, veo un cartel en el frontis de La Nación. Dice: Liquidación. No es el diario el que se vende. Son unos libros.

Mal; es el diario el que se debería vender. Obvio. Han pasado casi cien años y, después de todo, no sería malo que La Nación volviera justamente a donde empezó. Sin atribuciones especiales. Sin censores. Sin hilos de teatro de títeres. Sólo tinta, papel, tal como lo imagino ese señor cuya memoria hoy es honrada por una calle en la que, de tanto en tanto, hay choques, hay muertos, hay mirones.

Todo eso que se necesita para que haya un diario. Y no sólo uno. Varios.

Artículo original

2 comentarios:

  1. Anónimo3:36 p.m.

    Seria muy divertido encontrar las líneas de unión entre Enrique Alcalde y los Próceres de la Concertación que cocinaron sus caldos en ese periodicucho de última categoria.-
    El diario la Nación es la vergüenza del periodismo nacional.- la cloaca del periodismo.-

    ResponderEliminar
  2. Anónimo2:15 a.m.

    Dejen de mantener ese medio de mierda que nadie quiere leer... Que manera de gastar plata en weas inutiles...

    ResponderEliminar

ACLARACION: Este blog no es antiperuano ni nacionalista chileno. Este blog simplemente recopila y (a veces) comenta sobre artículos recopilados en la prensa nacional y mundial y que involucran a Chile. Si parece "cargado" hacia Perú, simplemente, es resultado de la publicación constante -y obsesiva- en ese país de artículos en que se relaciona a Chile. Así también, como ejemplo opuesto, no aparecen articulos argentinos, simplemente, porque en ese país no se publican notas frecuentes respecto Chile. Este blog también publica -de vez en cuando- artículos (peruanos o de medios internacionales) para desmitificar ciertas creencias peruanas -promovidas por medios de comunicación y políticos populistas de ese país- sobre que Perú ha superado el desarrollo chileno, lo que es usado en ese país para asegurar que Chile envidia a Perú y que por eso buscaría perjudicarlo. Es decir, se usa el mito de la superación peruana y la envidia, para incitar el odio antichileno en Perú.