Nota: ACLARACION. Este no es un "articulillo amarillento" del tipo que abunda en la prensa peruana (lo digo porque abajo ya opinó un peruanito obsesivo compulsivo). Este es un artículo publicado por ENFOQUE ESTRATEGICO, y es un análisis SERIO sobre el tema.
Durante la Crisis del Beagle en 1978, en que un choque armado de proporciones parecía casi inevitable, el Ejército de Chile se preparó para conjurar sus marcadas desventajas materiales en la dimensión terrestre frente a su contraparte argentino mediante defensas de naturaleza asimétrica, orientadas a explotar el terreno para dividir, aislar y destruir en forma gradual y escalonada a las fuerzas de su potencial oponente. Como resultado, el asalto sobre territorio chileno prometía tener un costo enorme para las fuerzas argentinas, en términos de pérdidas de material y vidas invaluables, sin garantía alguna de éxito sobre defensores que se habían hecho fuertes en su propia desventaja. Ello constituyó, sin duda, uno de los alicientes que condujeron a los líderes militares argentinos a abortar una ofensiva ya movilizada, aceptando días después una mediación papal que habían rechazado semanas antes.El Ejército de Chile, al igual que las otras dos ramas de la Defensa de este país sudamericano y el Cuerpo de Carabineros, estuvo a horas de enfrentar su desafío más importante del siglo XX en la noche del 22 de diciembre de 1978. Ese día la crisis con Argentina por la posesión de tres islas en el austral Canal Beagle, que a lo largo de ese año había visto la concentración y despliegue de medios militares a ambos lados de la frontera común en la zona sur, estuvo a punto de desembocar en un choque armado de proporciones. Los líderes argentinos habían decidido lanzar ese día un ataque general, por mar, aire y tierra; no sólo con el fin de ocupar las mencionadas islas sino también de ocupar porciones del territorio continental, para incrementar las presiones sobre la contraparte chilena en eventuales negociaciones post-conflicto.
Frente a esa situación de emergencia y al potencial de deterioro de ella, las unidades del ejército chileno estaban aquejadas por una crónica escasez de tanques, helicópteros, otros vehículos blindados y medios de defensa antiaérea. Esto era el resultado de una serie acumulativa de factores tanto económicos como también derivados de las visiones de política doméstica e internacional, aplicados por una sucesión de gobiernos de distinto color a lo largo de varias décadas.
Los esfuerzos por mejorar el equipamiento terrestre, frente y con posterioridad a las tensiones fronterizas con Perú en torno al año 1975, habían producidos magros resultados, debido a la precaria situación de la economía chilena y al aislamiento político internacional del país tras el golpe militar que en Septiembre de 1973 derrocó al Presidente Salvador Allende. Esto motivó el embargo aplicado por varios proveedores clave –esencialmente Estados Unidos, Reino Unido, Francia y Suecia- a partir del año 1976, debido a la suspensión de los derechos cívicos y a situaciones de atropello a los derechos humanos en que habían incurrido los servicios de seguridad interior.
Recurriendo a todo lo que podía echar mano en la desmejorada situación en lo que a material se refería, el ejército de Chile opuso el peso de su historia institucional –resumida en el lema “Siempre Vencedor, Nunca Vencido”- que inspiraban una disposición de máxima entrega en sus mandos superiores, su cuerpo de oficiales y su cuadro permanente sólidamente profesional. Todos estos efectivos exhibieron una alta moral de combate, que también era compartida por conscriptos y reservistas.
De haber enfrentado un ataque aéreo y terrestre a las 10 de la noche del 22 de diciembre de 1978, los defensores chilenos hubiesen sentido la ausencia de una defensa antiaérea eficaz. Pese a que existían en la zona radares de descubierta aérea operados por la Fuerza Aérea de Chile (FACh), ninguna de las piezas de esta rama o del Ejército disponían de radares de tiro. Esta deficiencia les habría hecho resultar ineficaces frente a acciones ofensivas nocturnas o con mal tiempo de medios aéreos argentinos, y de limitada o dudosa utilidad en diurnas, especialmente debido a la velocidad con la que se mueven los aviones de combate a reacción.
Tal era el caso de alrededor de 60 piezas de artillería Hispano-Suiza HS-639 (hoy OERLIKON)) de 20 mm. En un escenario con buenas condiciones climatológicas estos montajes dobles hubiesen sido eficaces contra la amenaza latente de los helicópteros, ya sea empleados como plataformas artilladas o de transporte de tropas en una acción de asalto. Mientras el ejército argentino contaba con un importante número de BELL UH-1D Huey y AEROSPATIALE (hoy EUROCOPTER) Puma, la marina Argentina contaba con AEROSPATIALE Alouette III equipados con misiles SS.12 con capacidad anti-blindaje.
Los cañones de 20mm también habrían podido neutralizar e incluso dar cuenta de los aviones bimotores turbo-hélice Pucará, diseñados y manufacturados localmente por la Fábrica Militar de Aviones (FMA) de Córdoba, desplegados por la fuerza aérea argentina en el rol de apoyo estrecho y ataque al suelo. Aunque son extraordinariamente agiles y maniobrables, los Pucará no tienen la velocidad de un jet, lo que habría aumentado su vulnerabilidad al acercarse y sobrevolar las líneas chilenas al ejecutar operaciones de ataque y apoyo estrecho.
Por otro lado, a esa fecha el inventario del ejército no incluía ningún sistema portátil y liviano de defensa antiaérea del tipo MANPADS (del Inglés Man Portable Air Defence System o Sistema Portátil Personal de Defensa Aérea). De ahí que la amenaza de los medios aéreos argentinos, en particular con sus aviones DASSAULT Mirage IIIEA, DOUGLAS A-4 Skyhawk y NORTH AMERICAN F-86 Sabre; fue siempre el factor de mayor complicación para los mandos terrestres chilenos al planificar el despliegue de sus fuerzas en defensa del territorio nacional.
Cubriendo los Flancos Débiles
Ocho tanques M-41 Walker/Bulldog estaban entonces desplegados en la zona austral de Chile, entre las áreas de Punta Arenas y Puerto Natales. El resto de los cincuenta M-41 entonces en el inventario de Chile estaba desplegado entre las zonas de Antofagasta y Calama en el norte del país, al igual que un número de M24 Chafee y M4 Sherman, en prevención de la materialización de las temidas Hipótesis Vecinales 2 (HV2) o 3 (HV3), que preveían un involucramiento de Perú y Bolivia en la crisis y potencial guerra con Argentina.
Los misiles no eran la única preocupación de los M-41 chilenos en la zona austral, donde también habrían debido enfrentar a parte importante de los 98 tanques Sherman Firefly que Argentina tenía en inventario, que estaban equipados con un cañón de mayor calibre y un paquete motriz mejorado. Pero tanques no estaban solos frente al despliegue de medios acorazados argentinos. Debido a las tensas relaciones con Perú en el norte, y condicionado en parte por el cierre de los mercados tradicionales debido a los embargos ya mencionados, en 1976 se adquirió en Brasil una importante cantidad de caza-tanques de manufactura brasileña.
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